
Numerosos estudios han revelado los daños que genera el tabaco en nuestra piel. A esta anomalía se la conoce como el 'rostro del fumador'. La persona presenta una piel rugosa y un tanto grisácea, su cara deja a la vista los relieves óseos (especialmente de los pómulos), los labios y los ojos están rodeados de arrugas finas, líneas profundas y superficiales en las mejillas y las mandíbulas.
Según señalan los expertos, las arrugas de los fumadores son distintas, más estrechas, profundas y con contornos bien marcados. Los efectos nocivos del tabaco no sólo afectan a la dermis. El cuero cabelludo pierde luminosidad y se vuelve quebradizo, incrementa su porosidad y adquiere un olor muy característico de los cigarrillos. Además la uñas se debilitan, están más frágiles y pierden brillo.
Todos estos cambios causados por el humo del tabaco suelen manifestarse a partir de los 35 años y son directamente proporcionales al grado de consumo. Además, el tabaco se asocia con otras alteraciones dermatológicas. Incrementa el riesgo de aparición de psoriasis y reduce la respuesta a los distintos tratamientos. El humo del cigarro también afecta a la cicatrización de las heridas. Julián Conejo-Mir, presidente de la Academia Española de Dermatología y Veneoreología (AEDV), insiste en que "también provoca acné, cáncer cutáneo y alteraciones en la estética bucal".
A este enterder, dejar el cigarrillo puede ser el comienzo de una vida sana y sin riesgos.