
Un nuevo estudio certifica que los pacientes con Parkinson moderado o avanzado pueden beneficiar de la neuroestimulación cerebral. Los avances, como reducir los movimientos involuntarios o incrementar la calidad de vida, implantando dos electrodos en el cerebro son notables.
‘The Journal of the American’ publica un ensayo aleatorio que compara la eficacia de la neuroestimulación profunda con el tratamiento óptimo, sin cirugía, de cada paciente. Se realizó un seguimiento de seis meses de 255 participantes, que contaban con una edad media de 62,4 años, en su mayoría hombres. De ellos, 134 recibieron la mejor terapia en lo se refiere a fármacos, revisiones neurológicas, terapia física y ocupacional y al resto, se le implantaron dos electrodos en la base del cráneo para estimular el globo pálido medial (61 personas) o el núcleo subtalámico (60); esta técnica reduce la excesiva actividad que presentan los sujetos con Parkinson en esta zona cerebral.
Los resultados obtenidos en la primera fase del trabajo arrojaron que la neuroestimulación anuló la disquinesia, o movimientos involuntarios, durante 4,6 horas diarias. En el caso del otro grupo, este efecto no se logró mantener durante una hora. La función motora de los enfermos operados también mejoró a los seis meses: un 71% frente a un 32%.
Sin embargo, uno de los puntos más controvertidos de este método, y que más han dificultado su establecimiento en la práctica clínica, tiene que ver con los efectos secundarios (infecciones tras la cirugía, alteraciones en el sistema nervioso, problemas psiquiátricos (ansiedad, depresión) y una muerte por hemorragia cerebral). Por eso, los autores recalcan la importancia de poner sobre la balanza el riesgo de complicaciones y el beneficio potencial de la intervención.